El viaje que nunca terminó: la lucha silenciosa de las familias que buscan a los 35 personas que subieron a un autobús y desaparecieron en Tamaulipas
Por Alfredo Peña
Ciudad Victoria, Tamaulipas. – Hay viajes que no terminan cuando el camino se interrumpe. Hay historias que se niegan a ser olvidadas, sostenidas por el amor de quienes se niegan a dejar de esperar. Una de esas historias comenzó el 17 de marzo de 2010, cuando un autobús de la línea Pirasol salió de San Luis Potosí con 33 personas a bordo y sus dos choferes. Iban rumbo a Miguel Alemán, Tamaulipas, llevando consigo maletas con pertenencias sencillas, números de teléfono escritos en papeles doblados y la esperanza de quienes buscan un futuro mejor al otro lado de la frontera.
Ese viaje nunca concluyó a su destino nunca llegaron tras desaparecer en Valadeces, Tamaulipas, poblado entre Diaz Ordaz y Miguel Aleman.
En aquellos días, Tamaulipas vivía horas de profunda oscuridad.
La violencia entre grupos del crimen organizado había sembrado el miedo en cada carretera, en cada pueblo tras la separación del Cártel Del Golfo y quien fuera su brazo armado Los Zetas.
Pero el miedo no impidió que 35 personas abordaran ese autobús pues era mas fuerte el deseo de sacar adelante a su familia con un viaje a los Estados Unidos.
Tampoco impidió que, años después, sus familiares comenzaran una travesía aún más difícil: la de buscar sin saber dónde, la de preguntar sin obtener respuestas, la de mantener viva la memoria cuando todo parece empujar al olvido.
| Esa madrugada del 17 de marzo 33 personas y dos choferes abordaron ese autobús |
"Lo más difícil no es la espera, es el silencio"
Ángeles Rodríguez García recuerda a su hermano Rafael como una persona sencilla y cálida hacia otras.
Rafael era chofer del autobús, un hombre de 30 años que ese 16 de marzo del 2010 le dijo a su esposa Alda Nelly Cruz Balderas que estaba cansado, que no quería ir.
Al final se fué con su compañero ante el compromiso de su trabajo y convencimiento de su patrón.
"Mi esposo me dijo que se sentía cansado y que no quería ir, pero al final el patrón lo convenció", cuenta Cruz Balderas.
La madrugada del 17 de marzo el autobús hizo escalas en Xilitla y otros puntos, recogiendo a más pasajeros.
Familias enteras, personas solas, jóvenes que soñaban con cruzar al otro lado.
Todos ellos abordaron con la confianza de quien paga un boleto y espera llegar a su parada.
Pero en algún punto del poblado Valadeces, en el municipio de Gustavo Díaz Ordaz, el camino se borró.
La primera señal de que algo andaba mal llegó a través de una llamada: la encargada del hotel donde esperaban a los viajeros dijo que el compañero de Rafael había informado que estaban detenidos por la policía. Después de eso, solo silencio.
Es fecha que no saben qué tipo de policías o de qué corporación.
El despertar de una lucha
Durante años, el miedo mantuvo encerrado el dolor de las familias.
En Tamaulipas, preguntar por un desaparecido podía costar la vida. Pero el amor, se sabe, es más fuerte que el miedo.
En 2015, los familiares rompieron el silencio y comenzaron a hablar con medios de comunicación. Para entonces, desde el día de su desaparición habían emprendido su propia búsqueda.
Desde el día en que su hermano desapareció, Ángeles se convirtió en una buscadora incansable.
Ese 2010, recorrió la región de la Ribereña cuando muy pocos se atrevían a pisarla.
"Cuando solicité la búsqueda, les dije que venía a buscar a mi hermano y que no había hecho ocho horas de viaje para regresarme así nada más”.
Con los años de su peregrinar la llevó a estar presente en uno de los episodios más desgarradores de la historia reciente de México: el hallazgo de las fosas de San Fernando.
Allí, entre contenedores donde la muerte aún goteaba, Ángeles buscó el rostro de su hermano a través de un “album” que tenía la fiscalía sobre los cadáveres que existían en los contenedores.
No lo encontró. Pero esa experiencia le mostró la magnitud de una tragedia que el país apenas comenzaba a reconocer.
Durante la búsqueda de su hermano (2010) -al acudir a instancias de derechos humanos- alguien les sugirió formar un colectivo.
"Al principio reclamábamos: ¿cómo es posible que tengamos que organizarnos para exigir justicia? Aquí se habla de vidas", recuerda Ángeles.
Pero pronto entendieron que unidas su voz sería más fuerte.
Así, sin pretenderlo, estas mujeres se convirtieron en las pioneras de la búsqueda de personas desaparecidas en Tamaulipas.
"Nosotros fuimos las pioneras. Después, otras madres de familia se llenaron de valentía y se unieron", dice Ángeles, reconociendo el valor de todas las mujeres que, como ella, convirtieron su dolor en una bandera de dignidad.
"No pierdo la esperanza de encontrarlo. Me hace falta mi padre, me hace falta un abrazo o un consejo". |
Una esperanza que no envejece
Las hijas de Rafael tenían 7 y 11 años cuando su padre desapareció.
Han crecido, han estudiado, han formado sus propias vidas, pero en el centro de su corazón siempre hay un asiento vacío.
Una de ellas expresa con una claridad conmovedora lo que significa vivir con una ausencia: "No pierdo la esperanza de encontrarlo. Me hace falta mi padre, me hace falta un abrazo o un consejo".
Ángeles y Aída han dado todo por mantener viva la búsqueda.
Han vendido terrenos y joyas para costear los recorridos.
Han explorado uno de los lugares más peligrosos del estado: la Ribereña.
San Fernando, Matamoros, Reynosa, Ciudad Mante y Xicoténcatl los catalogan -dentro de la búsqueda- de bajo impacto a comparación con la “frontera chica”.
Han caminado bajo el sol inclemente y han descansado solo lo necesario y han sostenido la esperanza de 35 familias.
En 2019, un hallazgo les devolvió un poco de luz en medio de tanta oscuridad. Cerca de una presa en los límites de Miguel Alemán, encontraron un punto donde presumen que los delincuentes realizaron un "vaciadero".
La ruta de investigación las llevó hasta ahí, y hoy, con el apoyo de la Comisión Estatal de Búsqueda de Personas, continúan explorando ese lugar con la esperanza de encontrar, por fin, alguna respuesta.
La verdad como forma de amor
Con el paso de los años, la exigencia de las familias ha ido cambiando. Ya no piden justicia en el sentido estricto de la palabra, porque han visto demasiadas veces cómo los expedientes se extravían, cómo las investigaciones se congelan, cómo el tiempo juega siempre en contra de quienes buscan.
"Ya no pido justicia. Yo creo que lo que quiero es saber la verdad: ¿qué fue lo que pasó?", dijo Ángeles.
Las denuncias de los familiares apuntan a lo que muchos sospechan pero pocos se atreven a confirmar: la posible participación de autoridades en estos hechos.
Ángeles asegura que tuvieron conocimiento de operativos donde elementos del ejército habrían privado de la libertad a personas para después entregarlas a grupos criminales.
Pero sin pruebas, sin investigaciones, sin voluntad oficial, esas sospechas se quedan flotando en el aire, como el polvo de los caminos que ellas recorren.
El viaje continúa
Las cifras oficiales de personas desaparecidas en Tamaulipas han crecido de manera alarmante, el registro era de alrededor de 3 mil personas y estas se dispararon cuando se animaron a presentar las suyas; en la actualidad supera las 11 mil.
Cada número es una historia de amor interrumpida, una mesa con un lugar vacío, una madre que sigue esperando en la puerta.
Los 35 viajeros de Pirasol emprendieron su viaje buscando un futuro mejor.
Sabían de los peligros, pero se animaron. Confiaron en que el camino los llevaría a un destino de oportunidades.
Hoy, sus familias continúan el trayecto más difícil: el de la esperanza sin certezas, el de la memoria sin olvido.
Es un viaje que, como aquel autobús, aún no encuentra retorno. Pero mientras haya alguien que pregunte, que busque, que recuerde, esos 35 viajeros.
Solo conoce la espera infinita, la búsqueda incansable, la certeza de que, en algún lugar, la verdad aguarda para ser encontrada.
Y ellas, las mujeres de Pirasol, seguirán caminando hasta dar con ella.



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